De los Apeninos a los Andes
Hace mucho tiempo un muchacho genovés, de trece años, hijo de un
obrero, viajó desde Génova hasta América sólo para buscar a su madre.
Ella se había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de
Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar así, en
poco tiempo, el dinero necesario para levantar a la familia, la cual,
por efecto de varias desgracias, había caído en la pobreza y tenía
muchas deudas. No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo
viaje con aquel objetivo. Gracias a los buenos salarios que allí
encuentran las personas que se dedican a servir, éstas vuelven a su
patria, al cabo de algunos años, con algunos miles de pesos.
La pobre madre había llorado lágrimas de sangre al separarse de sus
hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y
con el corazón lleno de esperanzas. El viaje fue feliz; apenas llegó a
Buenos Aires encontró en seguida, por medio de un comerciante genovés,
primo de su marido, establecido allí desde hacía mucho tiempo, una
excelente familia del país, que le daba buen salario y la trataba bien.
Por algún tiempo mantuvo con los suyos una correspondencia regular.
Como habían convenido entre sí, el marido dirigía las cartas al primo,
quien las entregaba a la mujer; ésta, a su vez, le daba las
contestaciones para que las mandase a Génova, escribiendo él, por su
parte, algunos renglones. Ganaba ochenta pesos al mes, y como no gastaba
nada en ella, enviaba a su casa, cada tres meses, una buena suma, con
la cual el marido, que era un hombre de bien, iba pagando poco a poco
las deudas más urgentes y adquiriendo así buena reputación. Entre tanto,
trabajaba y estaba contento con lo que hacía; pero también esperaba que
su mujer volviera dentro de poco, pues la casa parecía que estaba como
en sombra desde que ella faltaba, y el hijo menor, que quería mucho a su
madre, se entristecía y no podía resignarse a su ausencia.
Pero transcurrido un año desde la marcha, después de una carta breve
en la que decía no estar bien de salud, no se recibieron más.
Escribieron dos veces al primo, y éste no contestó. Escribieron,
también, a la familia del país donde estaba sirviendo la mujer; pero
sospecharon que no llegaría la carta, porque habían equivocado el nombre
en el sobre, y, en efecto, no tuvieron contestación.
Temiendo una desgracia, se dirigieron al consulado italiano de Buenos
Aires, pidiéndole que hiciese investigaciones; después de tres meses,
les contestó el cónsul: a pesar del anuncio publicado en los periódicos,
nadie se había presentado, ni para dar noticias. Y no podía suceder de
otro modo, entre otras razones, por ésta: que con la idea de salvar el
decoro de su familia, que creía manchar trabajando como criada, la buena
mujer no había dicho a la familia argentina su verdadero nombre.
Pasaron otros meses sin que tampoco
hubiera ninguna noticia. Padre e hijos estaban consternados; el más
pequeño se sentía oprimido por una tristeza que no podía vencer. ¿Qué
hacer? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fue marcharse a
buscar a su mujer a América. Pero ¿y el trabajo? ¿quién sostendría a sus
hijos? Tampoco podía marchar el hijo mayor, porque comenzaba entonces a
ganar algo y era necesario para la familia. En este afán vivían,
repitiendo todos los días las mismas conversaciones dolorosas o
mirándose unos a otros en silencio. Una noche, Marcos, el más pequeño,
dijo resueltamente:
-Voy a América a buscar a mi madre.
El padre movió la cabeza tristemente, y no respondió. Era un buen
pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece años, solo, hacer un viaje
a América, cuando se necesitaba un mes para llegar! Pero el muchacho
insistió pacientemente. Insistió aquel día, el siguiente, todos los
días, con gran parsimonia, y razonando como un hombre.
-Otros han ido -decía-, más pequeños que yo. Una vez que esté en el
barco, llegaré allí como los demás, y no tendré más que buscar la casa
del tío. Como hay allá tantos italianos, alguno me enseñará la calle.
Encontrando al tío, encuentro a mi madre, y si no la encuentro, buscaré
al cónsul y a la familia argentina. Haya ocurrido lo que haya ocurrido
hay allí trabajo para todos; yo también encontraré una ocupación que me
permita, al menos, ganar lo suficiente para volver a casa.
Y así, poco a poco, casi llegó a convencer a su padre. Éste lo
apreciaba, sabía que tenía juicio y ánimo, que estaba acostumbrado a las
privaciones y los sacrificios, que todas estas buenas cualidades
reforzaban su decisión de buscar a su madre a quien adoraba. Sucedió
también que cierto comandante de un buque mercante amigo de un conocido
suyo, habiendo oído hablar del asunto, se empeñó en ofrecerle, gratis,
un billete de tercera clase para ir a Argentina. Entonces, después de
nuevas vacilaciones, el padre consintió y se decidió el viaje. Llenaron
de ropa un pequeño baúl, le pusieron algunas liras en el bolsillo, le
dieron las señas del tío, y una hermosa tarde del mes de abril lo
embarcaron.
-Marcos, hijo mío -le dijo el padre, dándole el último beso con
lágrimas en los ojos, sobre la escalerilla del buque que estaba por
salir-: ¡Ten ánimo, vas con un fin santo; Dios te ayudará!
¡Pobre Marcos! Tenía corazón esforzado y estaba preparado también
para las más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer
del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre aquel
gran navío lleno de compatriotas que emigraban, solo, desconocido de
todos, con aquel pequeño baúl que encerraba toda su fortuna, le asaltó
un repentino desánimo.
Dos días permaneció arrinconado en la proa, como un perro, casi sin
comer y sintiendo gran necesidad de llorar. Toda clase de tristes
pensamientos lo asaltaban, y el más triste, el más terrible era el que
más se apoderada de él: el pensamiento de que hubiese muerto su madre.
En sus sueños interrumpidos y penosos, veía siempre la faz de un
desconocido que lo miraba con aire de compasión, y después le decía al
oído: “¡Tu madre ha muerto!” Y entonces se despertaba ahogando un grito.
Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vio el océano
Atlántico, tomó un poco de ánimo y cobró esperanzas. Pero fue un breve
alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre, el creciente calor, la
tristeza de toda aquella pobre gente que lo rodeaba, el sentimiento de
la propia soledad, volvieron a echar por tierra sus pasados bríos.
Los días se sucedían tristes y monótonos, confundiéndose unos con
otros en la memoria, como les sucede a los enfermos. Le parecía que
hacía ya un año que estaba en el mar. Cada mañana, al despertar,
experimentaba un nuevo estupor encontrándose allí solo, en medio de
aquella inmensidad de agua, viajando hacia América.
Los hermosos peces voladores que caían a cada instante en el barco;
aquellas admirables puestas de sol de los trópicos con esas inmensas
nubes color de fuego y sangre; aquellas fosforescencias nocturnas, que
hacían que todo el océano apareciera encendido como un mar de lava, no
le hacían el efecto de cosas reales, sino más bien de fantasmas vistos
en el sueño.
Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado
continuamente en el camarote, donde todo bailaba y se caía, en medio de
un coro espantoso de quejidos e imprecaciones, y creía que había llegado
su última hora. Hubo otros días de mar tranquilo y amarillento, de
calor insoportable e infinitamente aburridos; horas interminables y
siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados, tendidos
inmóviles sobre las tablas, parecían muertos. Y el viaje no acababa
nunca: mar y cielo, cielo y mar hoy como ayer, mañana como hoy, siempre,
eternamente.
Y él se pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin
fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que los ojos se le
cerraban y la cabeza se le caía, rendida por el sueño; y entonces volvía
a ver aquella cara desconocida que lo miraba con aire de lástima y le
repetía al oído: “¡Tu madre ha muerto!”. Y aquella voz lo despertaba
sobresaltado para volver a soñar con los ojos abiertos y mirando el
inalterable horizonte.
Veintisiete días duró el viaje. Pero los últimos fueron los mejores.
El tiempo estaba bueno y era fresco el aire. Había entablado relaciones
con un buen viejo lombardo que iba a América a reunirse con su hijo,
labrador de la ciudad de Rosario; le había contado todo lo que ocurría
en su casa, y el viejo, a cada instante, le repetía, dándole palmaditas
en el cuello:
-¡Ánimo, muchachito!, tú encontrarás a tu madre sana y contenta.
Aquella compañía lo animaba, y sus presentimientos, de tristes, se
habían tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo labrador
que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en medio de grupos
de emigrantes que cantaban, se representaba mil veces en su pensamiento
su llegada a Buenos Aires: se veía en una calle, encontraba la tienda,
se echaba en brazos del tío: “¿Cómo está mi madre?” “¿Dónde está?”
“¡Vamos en seguida!” “En seguida vamos”. Corrían juntos, subían una
escalera, se abría una puerta… Y aquí el sordo soliloquio se detenía, se
perdía su imaginación en un sentimiento de inexplicable ternura que le
hacía sacar, a escondidas, una medallita que llevaba al cuello y
murmurar, besándola, sus oraciones.
El vigesimoséptimo día después de la salida, llegaron. Era una
hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el inmenso río
de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de
Buenos Aires, capital argentina. Aquel tiempo espléndido le pareció de
buen agüero. Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su madre
se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de pocas horas la
habría ya visto! ¡Y él se encontraba en América, en el Nuevo Mundo; y
había tenido el atrevimiento de ir allí solo! Todo aquel larguísimo
viaje le parecía, entonces, que había pasado en un momento.
Le parecía haber volado, soñando, y haber despertado entonces. Y era
tan feliz, que casi no se sorprendió ni se afligió cuando se registró
los bolsillos y se encontró una sola de las dos partes en que había
dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le
habían robado la mitad, no le quedaban más que unas pocas liras; pero,
¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con su baúl al
hombro, pasó, con otros muchos italianos, a un vaporcito que lo llevó a
poca distancia de la orilla; saltó del vaporcito a una lancha que
llevaba el nombre de Andrea Doria, desembarcó en el muelle, se despidió
de su viejo amigo lombardo y se dirigió de prisa a la ciudad.
Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontró, detuvo a
un hombre que pasaba y le rogó le indicase qué dirección debía tomar
para ir a la calle de las Artes. Por casualidad, se había encontrado con
un obrero italiano. Éste lo miró con curiosidad, y le preguntó si sabía
leer. El muchacho contestó que sí.
-Pues bien -le dijo el obrero, indicándole la calle de que salía-
sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las
esquinas y acabarás por encontrar la que buscas.
El muchacho le dio las gracias, y siguió adelante por la calle que le indicaron.
Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas
bajas y blancas que parecían otras tantas casitas de campo; llenas de
gente, de coches, de carros, que producían un ruido ensordecedor; aquí y
allá se izaban inmensas banderas de varios colores en las que había
escritos, en gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para
ciudades desconocidas. A cada instante, volviéndose a derecha e
izquierda, veía otras calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas
de casas, también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y
situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al
horizonte del mar.
La ciudad le parecía infinita; creía que se podían pasar días y
semanas viendo siempre, aquí y allá, otras calles como aquéllas, y que
toda América estaba formada así. Miraba atentamente los nombres de las
calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva
que divisaba, sentía que le latía más de prisa el corazón, pensando que
fuese la que buscaba.
Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vio
una delante de sí, y le dio una sacudida el corazón; la alcanzó, la
miró: era una negra. Y seguía andando, apretando el paso; llegó a una
plazoleta, leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de las
Artes. Volvió, vio el número 117; la tienda del tío era el número 175.
Apretó más el paso, casi corría; en el número 171 tuvo que detenerse
para tornar aliento, diciendo para sí: “¡Ah, madre mía! ¿Es verdad que
te veré dentro de un instante?” Corrió más: llegó a una pequeña tienda
de quincalla. Ésa era. Se asomó. Vio a una señora con el pelo gris y
anteojos.
-¿Qué quieres, niño? -le preguntó aquélla en español.
-¿No es ésta -dijo el muchacho, procurando echar fuera la voz- la tienda de Francisco Merelo?
-Francisco Merelo murió -respondió la señora en italiano.
El chico recibió una fuerte impresión al oírlo.
-¿Cuándo murió?
-¡Oh! Hace tiempo -respondió la señora-; algunos meses; tuvo malos
negocios, y se fue. Dicen que se fue a Bahía Blanca, muy lejos de aquí, y
murió apenas llegó allá. La tienda es mía.
El muchacho palideció.
Después dijo precipitadamente:
-Merelo conocía a mi madre; ella estaba aquí sirviendo en casa del
señor Mequínez. Sólo él podría decirme dónde está. He venido a América a
buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a
mi madre.
-Hijo mío -respondió la señora-, yo no sé de eso. Puedo preguntarle
al muchacho del corral, que conoce al joven que le hacía los encargos a
Merelo. Puede ser que éste sepa algo.
Fue al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó en seguida.
-Dime -le preguntó la tendera-: ¿recuerdas si el dependiente de
Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada
en casa de hijos del país?
-En casa del señor Mequínez -respondió el muchacho-, sí, señora, alguna vez. Al final de la calle de las Artes.
-¡Ah! ¡Gracias, señora! -gritó Marcos-. Dígame el número…, ¿no lo
sabe? Hágame acompañar, acompáñame tú mismo en seguida, chico. Aún tengo
algunos cuartos.
Y dijo esto con tanto calor, que sin esperar la venia de la señora, el muchacho respondió:
-Vamos -y salió el primero a muy ligero paso.
Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la
larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se
detuvieron delante de una hermosa reja de hierro, desde la cual se veía
un patio lleno de macetas de flores. Marcos tocó la campanilla.
Apareció una señorita.
-Vive aquí la familia Mequínez ¿no es verdad? -preguntó con ansiedad el muchacho.
-Aquí vivía -respondió la señorita, pronunciando el italiano a la española-. Ahora vivimos nosotros, la familia Ceballos.
-¿Y a dónde han ido los señores Mequínez? -preguntó Marcos, latiéndole el corazón.
-Se han ido a Córdoba.
-¡Córdoba! -exclamó Marcos-; ¿dónde está Córdoba? ¿Y la persona que
tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se
han llevado también a mi madre?
La señorita lo miró y dijo:
-No lo sé. Quizá lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espérate un momento.
Se fue, y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris. Éste
miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de pequeño marinero
genovés, de cabellos rubios y nariz aguileña, y le preguntó en mal
italiano:
-¿Es genovesa tu madre?
Marcos respondió que sí.
-Pues bien; la criada genovesa se fue con ellos, estoy seguro.
-¿Y a dónde han ido?
-A la ciudad de Córdoba.
El muchacho dio un suspiro; después dijo con resignación:
-Entonces…, iré a Córdoba.
-¡Ah, pobre niño! -exclamó el señor mirándolo con lástima-. ¡Pobre niño! Córdoba está a mil leguas de aquí.
Marcos se quedó pálido como un muerto y se apoyó con una mano en la reja.
-Veamos, veamos -dijo entonces el señor, movido a compasión, abriendo
la puerta-; entra un momento, veremos si se puede hacer algo. Siéntate.
Le ofreció asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuchándolo
muy atento y se quedó un rato pensativo; después le dijo con resolución:
-Tú no tienes dinero, ¿no es verdad?
-Tengo todavía, pero muy poco -respondió Marcos.
El señor estuvo pensando otros cinco minutos; después se sentó a una
mesa, escribió una carta, la cerró, y dándosela al muchacho, le dijo:
-Oye, italianito, ve con esta carta a Boca. Es una ciudad pequeña,
medio genovesa, que está a dos horas de camino de aquí. Todo el que te
encuentre te puede indicar el camino. Ve allí y busca a este señor, al
cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Entrégale esta carta.
Él te hará salir mañana para la ciudad de Rosario y te recomendará a
alguno de allí que podrá proporcionarte un medio para que sigas el viaje
hasta Córdoba, en donde encontrarás a la familia Mequínez y a tu madre.
Entretanto, toma esto -y le dio algunos pesos-. Anda y ten ánimo; aquí
hay por todas partes compatriotas tuyos, y no te abandonarán. Adiós.
El muchacho le dijo:
-Gracias.
Sin ocurrírsele otras palabras, salió con su cofre y, despidiéndose
de su pequeño guía, se puso en caminó lentamente hacia Boca, atravesando
la gran ciudad, lleno de tristeza y de estupor.
Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del día
siguiente, le quedó después en la memoria, confuso e incierto como
ensueños de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se
encontraba!
Al día siguiente, al anochecer, después de haber dormido la noche
antes en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almacén del
muelle; después de haber pasado casi todo el día sentado sobre un montón
de maderos, y como entre sueños, enfrente de millares de barcos, de
lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela,
cargada de frutas, que salía para la ciudad de Rosario conducida por
tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuyas voces y el dialecto
querido que hablaban llevó algunos bríos al ánimo de Marcos.
Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo continua
la admiración del pequeño viajero. Tres días y tres noches remontó aquel
maravilloso río Paraná, en cuya comparación nuestro gran Po no es más
que un arroyuelo, y la extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a
la de su curso.
El barco iba lentamente a través de aquella masa de agua
inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de
serpientes, cubiertas de árboles frondosos, semejantes a bosques
flotantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales
parecía que no podía salir, ora desembocaba en vastas extensiones de
agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; después, saliendo de entre
las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, llegaba a
sitios rodeados de montones inmensos de vegetación.
Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las aguas
solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río desconocido, que
aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a
surcar.
Mientras más avanzaban, tanto más aumentaba aquel inmenso río.
Pensaba que su madre se encontraba aún a gran distancia, y que la
navegación debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de
pan y de carne en conserva con los marineros, quienes, viéndole triste,
no le dirigían nunca la palabra.
Por la noche dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante
bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que blanqueaba las
inmensas y lejanas orillas: entonces el corazón se le oprimía.
¡Córdoba!, repetía este nombre: Córdoba, como el de una de aquellas
ciudades misteriosas de las que había oído hablar en las leyendas. Pero
después pensaba: “Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas,
aquellas orillas”; y entonces no le parecían ya tan raros y solitarios
aquellos lugares en los cuales se había fijado la mirada de su madre…
Por la noche alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba
las canciones de su madre cuando lo adormecía de niño. La última noche,
al oír aquel canto, sollozó. El marinero se interrumpió. Después le
gritó:
-¡Ánimo, chico, valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por estar
lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos
como orgullosos!
Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oyó la voz
de sangre genovesa que corría por sus venas, y levantó la frente con
orgullo, dando un golpe en el timón. “Bien -dijo para sí-; también daré
yo la vuelta al mundo; viajaré años y años, andaré a pie centenares de
leguas, seguiré adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegaré, aunque
sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal de que vuelva a
verla una sola vez!… ¡Ánimo!…” Y con estos bríos llegó, al clarear una
fría y hermosa mañana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la
ribera del Paraná, reflejándose en las aguas los palos y banderas de mil
barcos de todos los países.
Poco después de haber desembarcado, subió a la ciudad, con su cofre
al hombro, buscando a un señor argentino, para el cual su protector de
Boca le había dado una tarjeta con algunas líneas de recomendación.
Al entrar en Rosario, le pareció que se encontraba en una ciudad ya
conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de
casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por encima de
los tejados, por espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que
parecían inmensas telarañas, oyéndose gran ruido de gente, caballos y
carruajes. La cabeza se le iba: casi creía que volvía a entrar en Buenos
Aires, y que iba otra vez a buscar a su tío. Anduvo cerca de una hora
de aquí para allá, dando vueltas y revueltas, y pareciéndole que volvía
siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas encontró al fin
la casa de su nuevo protector. Tocó la campanilla. Se asomó a la puerta
un hombre grueso, rubio, áspero, que tenía aspecto de corredor de
comercio, y que le preguntó fríamente con pronunciación extranjera:
-¿Qué quieres?
El muchacho dijo el nombre del patrón.
-El patrón -respondió el corredor- ha salido anoche para Buenos Aires, con toda su familia.
El muchacho se quedó paralizado.
Después balbuceó:
-Pero yo… no tengo a nadie aquí…, ¡soy solo! -Y le dio la tarjeta.
El corredor la tomó, la leyó y dijo con mal humor:
-No sé qué hacer. Ya le diré dentro de un mes, cuando vuelva…
-¡Pero yo estoy solo! ¡Estoy necesitado! -exclamó el chico con voz suplicante.
-¡Eh, anda -dijo el otro-; ¿no hay ya bastantes pordioseros de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia.
Y le dio con la puerta en las narices.
El muchacho se quedó petrificado.
Después tomó con desaliento su baúl, y salió con el corazón
angustiado, con la cabeza hecha una bomba, y asaltado de un cúmulo de
pensamientos desagradables.
¿Qué hacer? ¿A dónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de viaje en
ferrocarril. Le quedaba ya muy poco dinero. Deduciendo lo que habría de
gastar en aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde encontrar dinero
para pagarse el viaje? ¡Podía trabajar! Pero ¿cómo? ¿A quién pedir
trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah, no! Ser arrojado, insultado, humillado
como hace poco, no; nunca, jamás, ¡prefiero morir! Y ante aquella idea,
al ver otra vez delante de sí la inmensa calle que se perdía a lo lejos
en la interminable llanura, sintió que le faltaban otra vez las fuerzas,
echó a tierra el cofre, se sentó en él apoyando la espalda contra la
pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud
desconsolada. La gente lo tocaba con los pies al pasar; los carruajes
hacían ruido por la calle; algunos muchachos se detenían para mirarlo.
Estuvo así buen rato.
De su letargo lo sacó una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:
-¿Qué tienes, chiquillo?
Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamación de sorpresa:
-¿Usted aquí?
Era el viejo labrador lombardo, con el cual había contraído amistad durante el viaje.
La admiración del viejo no fue menor que la suya.
Pero el muchacho no le dejó tiempo para preguntarle, y le contó rápidamente lo ocurrido.
-Heme aquí ahora, sin dinero; es menester que trabaje; búsqueme usted
trabajo para poder reunir algunos pesos; yo haré de todo: llevar ropa,
barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me
contento con vivir solo de pan; pero que pueda yo marchar pronto, que
pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡hágame usted esta caridad,
búsqueme usted trabajo, por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!
-¡Cáspita, cáspita! -dijo el viejo, mirando alrededor y rascándose la
barba-: ¿Qué historia es ésta? Trabajar… se dice muy pronto. ¡Veamos!
¿No habrá aquí algún medio de encontrar treinta pesos entre tantos
compatriotas?
El muchacho lo miraba, animado por un rayo de esperanza.
-Ven conmigo -le dijo el viejo.
-¿Dónde? -preguntó el chico, volviendo a cargar con el baúl.
-Ven conmigo.
El viejo se puso en marcha. Marcos lo siguió y anduvieron juntos un buen trecho de calle, sin hablar.
El lombardo se detuvo en la puerta de una fonda que tenía en el
rótulo una estrella, y escrito debajo: “La Estrella de Italia”; se asomó
adentro, y volviéndose hacia el muchacho, le dijo alegremente:
-Llegamos a tiempo.
Entraron en una habitación grande, en donde había varias mesas y
muchos hombres sentados que bebían y hablaban alto. El viejo lombardo se
acercó a la primera mesa, y en el modo cómo saludó a los seis
parroquianos que estaban a su alrededor, se comprendía que se había
separado de ellos poco antes. Estaban muy encarnados, y hacían sonar sus
vasos, voceando y riendo.
-¡Camaradas! -dijo sin más preámbulos el lombardo, quedándose en pie y
presentando a Marcos-: he aquí un pobre muchacho, compatriota nuestro,
que ha venido solo, desde Génova a Buenos Aires, para buscar a su madre.
En Buenos Aires le dijeron: “No está aquí; está en Córdoba”. Viene
embarcado a Rosario, en tres días y cuatro noches, con dos líneas de
recomendación; presenta la carta, lo reciben mal. No tiene un céntimo.
Está aquí solo, desesperado. Es un pobre niño muy animoso. Hagamos algo
por él; ¿no ha de encontrar lo necesario para pagar el billete hasta
Córdoba y buscar a su madre? ¿Hemos de dejarle aquí como un perro?
-¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonaríamos! -gritaron todos a la
vez, pegando puñetazos en la mesa-. ¡Un compatriota nuestro!
-¡Ven aquí, pequeño!
-¡Cuenta con nosotros, los emigrantes!
-¡Mira qué hermoso muchacho!
-¡Aflojen los pesos, camaradas!
-¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene ánimos! Bebe un sorbo, compatriota.
-Te enviaremos con tu madre, no hay que dudarlo.
Uno le tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en la
espalda, un tercero le aliviaba del peso del cofrecillo; otros
emigrantes se levantaron de las mesas próximas y se acercaban; la
historia del muchacho corrió por toda la hostería; acudieron de la
habitación inmediata tres parroquianos argentinos, y, en menos de diez
minutos, el lombardo, que presentaba el sombrero, le reunió cuarenta y
dos pesos.
-¿Has visto -dijo entonces, volviéndose hacia el muchacho- qué pronto se hace esto en América?
-¡Bebe! -le gritó otro, pasándole un vaso de vino-. ¡A la salud de tu madre!
Todos levantaron los vasos. Y Marcos repitió:
-A la salud de mi… -pero un sollozo de alegría le impidió concluir, y
dejando el vaso sobre la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.
A la mañana siguiente, al romper el día, había ya salido para
Córdoba, animado y sonriente, lleno de presentimientos halagüeños. Pero
esta alegría no correspondía al aspecto siniestro de la naturaleza.
El cielo estaba cerrado y oscuro; el tren, casi vacío, corría a
través de una inmensa llanura, en la que no se veía ninguna señal de
habitación. Se encontraba solo en un vagón grandísimo, que se parecía a
los de los trenes para los heridos. Miraba a derecha e izquierda y no se
veía más que una soledad sin fin, ocupada sólo por pequeños árboles
deformes, de ramas y troncos contrahechos, que ofrecían figuras raras y
casi angustiosas y airadas; una vegetación oscura, extraña y triste, que
daba a la llanura el aspecto de inmenso cementerio.
Dormitaba una media hora, y volvía a mirar; siempre veía el mismo
espectáculo. Las estaciones del camino estaban solitarias, como casas de
ermitaños; y cuando el tren se paraba no se oía una voz; le parecía que
se encontraba solo, en un tren perdido, abandonado en medio del
desierto.
Creía que cada estación debía ser la última, y que se entraba,
después de ella, en las tierras misteriosas y horribles de los salvajes.
Una brisa helada le azotaba el rostro. Embarcándolo en Génova a fines
de abril, su familia no había pensado que en América podría encontrar el
invierno, y le habían vestido de verano
Al cabo de algunas horas comenzó a sentir frío, y con el frío, el
cansancio de los días pasados, llenos de emociones violentas y de noches
de insomnio y agitadas. Se durmió; durmió mucho tiempo y se despertó
aterido, sintiéndose mal. Y entonces le acometió un vago terror de caer
enfermo, de morirse en el viaje y de ser arrojado allí, en medio de
aquella llanura solitaria, donde su cadáver sería despedazado por los
perros y por las aves de rapiña, como algunos cuerpos de caballos y de
vacas que veía al lado del camino, de vez en cuando, y de los cuales
apartaba la mirada con espanto.
En aquel malestar inquieto, en medio de aquel tétrico silencio de la
naturaleza, su imaginación se excitaba y volvía a pensar en lo más
negro. ¿Estaba, por otra parte, bien seguro de encontrar en Córdoba a su
madre? ¿Y si no estuviera allí? ¿Y si aquellos señores de la calle de
las Artes se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiese muerto? Con estos
pensamientos volvió a adormecerse y soñó que estaba en Córdoba de noche,
y oía gritar en todas las puertas y desde todas las ventanas: “¡No está
aquí! ¡No está aquí! ¡No está aquí!” Se despertó sobresaltado, aterido,
y vio en el fondo del vagón a tres hombres con barba envueltos en
mantas de diferentes colores, que lo miraban hablando bajo entre sí, y
le asaltó la sospecha de que fuesen asesinos y lo quisiesen matar para
robarle el equipaje.
Al frío, al malestar, se agregó el miedo; la fantasía, ya turbada, se
le extravió -los tres hombres lo miraban siempre; uno de ellos se movió
hacia él-; entonces le faltó la razón, y corriendo al encuentro de
ellos, con los brazos abiertos, gritó:
-No tengo nada. Soy un pobre niño. Vengo de Italia; voy a buscar a mi madre; estoy solo; ¡no me hagan daño!
Los viajeros lo comprendieron todo en seguida; tuvieron lástima, le
hicieron caricias y lo tranquilizaron, diciéndole muchas palabras, que
no entendía; y viendo que le castañeteaban los dientes por el frío, le
echaron encima una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para
que se durmiera. Y se volvió a dormir al anochecer. Cuando lo
despertaron, estaba en Córdoba.
¡Ah! ¡Qué bien respiró y con qué ímpetu se bajó del vagón! Preguntó a
un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero Mequínez; le dijo
el nombre de una iglesia, al lado de la cual estaba su casa; el muchacho
echó a correr hacia ella. Era de noche. Entró en la ciudad. Le pareció
entrar en Rosario otra vez, al ver calles rectas, flanqueadas de
pequeñas casas blancas y cortadas por otras calles rectas y larguísimas.
Pero había poca gente, y a la luz de los escasos faroles que había,
encontraba rostros extraños, de un color desconocido, entre negruzco y
verdoso; y, alzando la cara de vez en cuando, veía iglesias de una
arquitectura rara, que se dibujaban muy grandes y negras sobre el
firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa; pero después de haber
atravesado aquel inmenso desierto, le pareció alegre. Preguntó a un
sacerdote, y pronto encontró la iglesia y la casa; tocó la campanilla
con mano temblorosa, y se apretó la otra contra el pecho, para sostener
los latidos de su corazón que se le quería subir a la garganta.
Una vieja fue a abrir con una luz en la mano.
-¿A quién buscas? -preguntó aquélla en español.
-Al ingeniero Mequínez -dijo Marcos.
La vieja, despechada, respondió, meneando la cabeza:
-¡También tú ahora preguntas por el ingeniero Mequínez! Me parece que
ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres meses que nos
importunan con lo mismo. No basta que lo hayamos dicho en los
periódicos. ¿Será menester anunciar en las esquinas que el señor
Mequínez se ha ido a vivir a Tucumán?
El chico hizo un movimiento de desesperación. Después dijo en una explosión de rabia:
-¡Me persigue, pues, una maldición! Yo me moriré en medio de la calle
sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Me mato! ¡Dios mío!
¿Cómo se llama ese lugar? ¿Dónde está? ¿A qué distancia?
-¡Pobre niño! -respondió la vieja, compadecida-. ¡Una friolera! Estará a cuatrocientas o quinientas leguas, por lo menos.
El muchacho se cubrió la cara con las manos; después preguntó sollozando:
-Y ahora…. ¿qué hago?
-¿Qué quieres que te diga, hijo mío? -respondió la mujer-; yo no sé.
Pero de pronto se le ocurrió una idea, y la soltó en seguida.
-Oye, ahora que me acuerdo. Haz una cosa. Volviendo a la derecha, por
la calle, encontrarás, a la tercera puerta, un patio; allí vive un
capataz, un comerciante, que parte mañana para Tucumán con sus carretas y
sus bueyes; ve a ver si te quiere llevar, ofreciéndole tus servicios;
te dejará, quizás, un sitio en el carro; anda en seguida.
El muchacho cargó con su cofre, dio las gracias a escape, y al cabo
de dos minutos se encontró en un ancho patio, alumbrado por linternas,
donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de trigo sobre algunos
grandes carros, semejantes a casetas de titiriteros, con la cubierta
curvada y las ruedas altísimas.
Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie de capa con
cuadros blancos y negros, con dos anchos borceguíes, dirigía la faena.
El muchacho se acercó a él y le expuso tímidamente su pretensión,
diciéndole que venía de Italia y que iba a buscar a su madre.
El capataz, es decir, el conductor de aquel convoy de carros, le echó una ojeada de pies a cabeza y le dijo secamente:
-No tengo colocación para ti.
-Tengo quince pesos -replicó el chico, suplicante-; se los doy.
Trabajaré por el camino. Iré a buscar agua y pienso para las bestias;
haré todos los servicios. Un poco de pan me basta. Déjeme ir, señor.
El capataz volvió a mirarlo, y respondió, con mejor ánimo:
-No hay sitio…, y, además, no vamos a Tucumán; vamos a otra ciudad, a
Santiago. Tendríamos que dejarte en el camino, y andar todavía un buen
trecho a pie.
-¡Ah! ¡Yo andaría el doble! -exclamó Marcos-; yo andaré, no lo dude
usted; llegaré de todas maneras; ¡déjeme un sitio, señor, por caridad;
por caridad, no me deje aquí solo!
-¡Mira que es un viaje de veinte días!
-No importa.
-¡Es un viaje muy penoso!
-Todo lo sufriré.
-¡Tendrás que viajar solo!
-No tengo miedo a nada. Con tal de que encuentre a mi madre… ¡Tenga usted compasión!
El capataz le acercó a la cara una linterna, y lo miró. Después dijo:
-Está bien.
El muchacho le besó las manos.
-Esta noche dormirás en un carro -añadió el capataz, dejándolo-; mañana a las cuatro te despertaré. Buenas noches.
Por la mañana a las cuatro, a la luz de las estrellas, la larga fila
de los carros se puso en movimiento con gran ruido; cada carro iba
tirado por seis bueyes. Seguía un gran número de animales, que servirían
para mudar los tiros. El muchacho, despierto y metido dentro de uno de
los carros, con su bagaje, se durmió muy pronto, profundamente. Cuando
se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo el
sol, y todos los hombres, los peones, estaban sentados en círculo
alrededor de un cuarto de ternera, que se asaba al aire libre, clavado
en una especie de espadón plantado en tierra, al lado de un gran fuego,
agitado por el viento.
Comieron todos juntos, durmieron, y después volvieron a emprender la
jornada; y así continuó el viaje regulado, como una marcha militar.
Todas las mañanas se ponían en camino a las cinco; se detenían a las
nueve; volvían a andar a las cinco de la tarde y se detenían nuevamente a
las diez. Los peones iban a caballo, y excitaban a los bueyes con palos
largos. El muchacho encendía el fuego para el asado, daba de comer a
las bestias, limpiaba los faroles y llevaba el agua para beber.
El país pasaba delante de él como una visión fantástica: vastos
bosques de pequeños árboles oscuros; aldeas de pocas casas, dispersas,
con las fachadas rojas y almenadas; vastísimos espacios, quizá antiguos
lechos de grandes lagos salados, blanqueados por la sal, hasta donde
alcanzaba la vista; y por todas partes, y siempre, llanura, soledad,
silencio. Rarísima vez encontraban dos o tres viajeros a caballo,
seguidos de otros cuantos caballos sueltos, que pasaban al galope, como
una exhalación.
Los días eran todos iguales, como en el mar, sombríos e
interminables. Pero el tiempo estaba hermoso. Los peones, como el
muchacho se había hecho un servidor obligado, se tornaban día tras día
más exigentes; algunos lo trataban brutalmente, con amenazas; todos se
hacían servir de él sin consideración; lo obligaban a llevar cargas
enormes de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y él,
extenuado por la fatiga, no podía ni aun dormir de noche, despertando a
cada instante por las sacudidas violentas del carro y por el ruido
ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Además, se había levantado
viento y una tierra fina, rojiza y sucia, que lo envolvía todo,
penetraba en el carro, se le introducía por entre la ropa, le quitaba la
vista y la respiración, oprimiéndolo continuamente de un modo
insoportable.
Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y
maltratado desde la mañana hasta la noche, el pobre muchacho se
debilitaba más cada día, y habría decaído su ánimo por completo si el
capataz no le hubiera dirigido de vez en cuando alguna palabra
agradable. A veces, en un rincón del carro, cuando no lo veían, lloraba
con la cara apoyada en su baúl, que no contenía ya más que andrajos.
Cada mañana se levantaba más débil y más desanimado, y al mirar al campo
y ver siempre aquella implacable llanura sin límites, como un océano de
tierra, decía para sí:
“¡Oh, a la noche no llego, no llego a la noche! ¡Hoy me muero en el
camino!” Y los trabajos crecían, los malos tratamientos se redoblaban.
Una mañana, porque había tardado en llevar el agua, uno de los hombres,
no estando presente el capataz, le pegó. Desde entonces comenzaron a
hacerlo por costumbre; cuando le mandaban algo, le daban un trastazo,
diciéndole: “¡Haz esto, holgazán!”, “¡Lleva esto a tu madre!” El corazón
se le quería salir del pecho; enfermo, estuvo tres días en el carro con
una manta encima, con calentura, sin ver a nadie más que al capataz,
que iba a darle de beber y a tomarle el pulso. Entonces se creía perdido
e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola mil veces por su
nombre: “¡Oh madre mía! ¡Madre mía!… ¡Oh pobre madre mía, que ya no te
veré más! ¡Pobre madre, que me encontrarás muerto en medio del camino!”
Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba. Después se puso mejor,
gracias a los cuidados del capataz, y se curó por completo; mas con la
curación llegó el día más terrible de su viaje, el día en que debía
quedarse solo.
Hacía más de dos semanas que estaban de marcha. Cuando llegaron al
punto en que el camino de Tucumán se aparta del que va a Santiago, el
capataz le avisó que debían separarse. Le hizo algunas indicaciones
respecto al trayecto, le cargó el equipaje sobre las espaldas, de modo
que no le incomodase para andar, y abreviando, como si temiera
conmoverse, lo despidió. El muchacho apenas tuvo tiempo para besarle en
un brazo. También los demás hombres, que tan duramente lo habían
tratado, parece que sintieron un poco de lástima al verlo quedarse tan
solo, y le decían adiós con la mano, al alejarse. Él devolvió el saludo,
permaneció unos momentos mirando el convoy que se perdía entre el
rojizo polvo del campo, y después se puso en camino, tristemente.
Una cosa, sin embargo, lo animó algo desde el principio. Después de
tres días de viaje, a través de aquella llanura, interminable y siempre
igual, vio delante de sí una cadena de altísimas montañas azules, con
las cimas blancas, que le recordaban los Alpes. Le parecía acercarse a
su país. Eran los Andes, la espina dorsal del continente americano, la
inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar
glacial del Polo Ártico, por 110 grados de latitud.
También lo animaba sentir que el aire se iba haciendo cada vez más
cálido; y esto sucedía porque, marchando hacia el norte, se iba
acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba
pequeños grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para
comer. Encontraba hombres a caballo; veía, de vez en cuando, mujeres y
niños sentados en el suelo, inmóviles y serios. Eran caras completamente
nuevas para él, color de tierra, con los ojos oblicuos, los huesos de
las mejillas prominentes. Lo miraban fijo y lo seguían con la mirada,
volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios.
El primer día anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmió
debajo de un árbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos
ánimos. Tenía las botas rotas, los pies desollados y el estómago débil
por la mala alimentación. En la noche empezaba a tener miedo. Había oído
decir, en Italia, que en aquel país había serpientes; creía oírlas
arrastrarse; se detenía, tomaba luego carrera y sentía frío en los
huesos. A veces sentía una gran lástima de sí mismo, y lloraba en
silencio, mientras caminaba. Después pensaba: “¡Oh, cuánto sufriría mi
madre si supiese que tengo tanto miedo!” Y este pensamiento le daba
ánimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en ella, traía a su
mente sus palabras cuando salió de Génova, y el modo como le solía
arreglar las mantas bajo la barbilla, cuando estaba en la cama; y cuando
era niño, que a veces lo cogía en sus brazos, diciéndole: “¡Estate aquí
un poco conmigo!”; y estaba así mucho tiempo, con la cabeza apoyada
sobre la suya y entregada a sus pensamientos. Y decía para sí:
“¿Volveré a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegaré al fin de mi
viaje, madre mía?” Y andaba; andaba, en medio de árboles desconocidos,
entre vastas plantaciones de cañas de azúcar, por prados sin fin,
siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban
el sereno cielo con sus altísimos conos. Pasaron cuatro días, cinco, una
semana. Las fuerzas le iban faltando rápidamente, y los pies le
sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron:
-Tucumán está a cinco leguas de aquí.
Dio un grito de alegría y apretó el paso, como si hubiese recobrado
en el momento todo el vigor perdido. Pero fue breve ilusión. Las fuerzas
lo abandonaron de nuevo, y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Mas
el corazón le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca
le había parecido tan hermoso. Lo contemplaba, echado sobre la hierba
para dormir, y pensaba que su madre miraría quizá también al mismo
tiempo el cielo: “¡Oh madre mía! ¿Dónde estás? ¿Qué haces en este
instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que está tan
cerca de ti?”
¡Pobre Marcos! Si él hubiese podido ver en qué estado se encontraba
entonces su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para caminar
aún, y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma en la cama, en un
cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde vivía toda la
familia Mequínez, la cual le había tomado mucho cariño y la asistía muy
bien.
La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequínez tuvo
que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se había mejorado del
todo con el buen clima de Córdoba. Pero después, el no haber recibido
contestación a sus cartas, del marido ni del primo, el presentimiento
siempre vivo de alguna gran desgracia, la ansiedad continua en que
vivía, dudando entre marchar y quedarse, cada día esperando una mala
noticia, la habían hecho empeorar considerablemente. Por último, se
había presentado una enfermedad gravísima: una hernia intestinal
estrangulada.
Desde hacía quince días no se levantaba. Era necesaria una operación
quirúrgica para salvarle la vida. Precisamente, en aquel momento,
mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama
de la casa convenciéndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer
la operación.
Un afamado médico de Tucumán había ya venido la semana anterior, inútilmente.
-No, queridos señores -decía ella-, no tiene objeto; yo no tengo ya
más fuerza para resistir, y moriré bajo los instrumentos del cirujano.
Mejor es que me dejen morir así. No me importa la vida. Todo ha
concluido para mí. Es preferible que muera antes de saber lo que haya
ocurrido en mi familia.
Los dueños volvían a decirle que no, que tuviese valor, que las
últimas cartas enviadas a Génova directamente tendrían respuesta, que se
dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus
hijos agravaba más y más, con mayor angustia, el desaliento profundo que
la postraba hacía largo tiempo. Al oír aquellas palabras, prorrumpía en
llanto.
-¡Oh, hijos míos! ¡Hijos míos! -exclamaba, juntando sus manos-;
¡quizá ya no existen! Mejor es que muera yo también. Muchas gracias,
buenos señores; se los agradezco de corazón. Más vale morir. Ni aún con
la operación me curaría, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es
inútil que pasado mañana vuelva el médico. ¡Quiero morirme; es mi
destino! Estoy decidida.
Y ellos, sin cesar de consolarla, repetían:
-No, no diga eso -cogiéndola de las manos y suplicándole.
La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y caía en un sopor que
la hacía parecer muerta… Los señores permanecían a su lado algún tiempo,
mirando con gran compasión a la débil luz de la lamparilla, a aquella
madre admirable, que había venido a servir a seis mil millas de su
patria, y a morir… ¡después de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan
honrada, tan buena y tan desgraciada!
Al día siguiente, muy de mañana, entraba Marcos con su saco a la
espalda, encorvado y tambaleándose, pero lleno de ánimos, en la ciudad
de Tucumán, una de las más jóvenes y florecientes del país. Le parecía
volver a ver Córdoba, Rosario, Buenos Aires; eran aquellas mismas calles
derechas, y larguísimas, y aquellas casas bajas y blancas; pero por
todas partes se veía una nueva y magnífica vegetación; se notaba un aire
perfumado, una luz maravillosa, un cielo límpido y profundo, como jamás
lo había visto ni siquiera en Italia.
Caminando por las calles, volvió a sentir la agitación febril que se
había apoderado de él en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas
de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la
angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a
todos, y no se atrevía a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus
puertas, se volvían a contemplar a aquel pobre muchacho harapiento,
lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Buscaba entre la
gente una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella
tremenda pregunta, cuando se presentó ante sus ojos, en el rótulo de una
tienda, un nombre italiano. Dentro había un hombre con anteojos, y dos
mujeres. Se acercó lentamente a la puerta, y con ánimo resuelto
preguntó:
-¿Me sabrían decir, señores, dónde está la familia Mequínez?
-¿Del ingeniero Mequínez? -preguntó a su vez el de la tienda.
-Sí, del ingeniero Mequínez -respondió el muchacho con voz apagada.
-La familia Mequínez -dijo el de la tienda- no está en Tucumán.
Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero puñal, fue el eco de aquellas palabras.
El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos.
-¿Qué ocurre? ¿Qué tienes, muchacho? -dijo el tendero, haciéndole
entrar en la tienda y sentarse-; no hay por qué desesperarse, ¡qué
diablo! Los Mequínez no están aquí, pero no están muy lejos: ¡a pocas
horas de Tucumán!
-¿Dónde? ¿Dónde? -gritó Marcos, levantándose como un resucitado.
-A unas quince millas de aquí -continuó el hombre-, a orillas del
Saladillo; en el sitio donde están construyendo una gran fábrica de
azúcar; en el grupo de casas está la del señor Mequínez; todos lo saben,
y llegarás en pocas horas.
-Yo estuve allá hace poco -dijo un joven que había acudido al oír el grito.
Marcos se le quedó mirando, con los ojos fuera de las órbitas, y le preguntó precipitadamente, palideciendo:
-¿Habéis visto a la criada del señor Mequínez, la italiana?
-¿La genovesa? La he visto.
Marcos rompió en sollozos convulsivos, entre risa y llanto.
Luego, con un impulso de violenta resolución:
-¿Por dónde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto, enséñeme el camino!
-¡Pero si hay una jornada de marcha! -le dijeron todos a una voz-; estás cansado y debes reposar; partirás mañana.
-¡Imposible! ¡ Imposible! -respondió el muchacho-. ¡Díganme por dónde
se va; no espero ni un momento, en seguida, aun cuando me cayera muerto
en el camino!
Viendo que era irrevocable su propósito, no se opusieron más.
-¡Que Dios te acompañe! -le dijeron-. Ten cuidado con el camino por el bosque. Buen viaje, italianito.
Un hombre lo acompañó fuera de la ciudad, le indicó el camino, le dio
algún consejo y se quedó mirando cómo empezaba su viaje. A los pocos
minutos el muchacho desapareció, cojeando, con su cofrecito a la
espalda, por entre los espesos árboles que flanqueaban el camino.
Aquella noche fue tremenda para la pobre enferma. Tenía dolores
atroces, que le arrancaban alaridos capaces de destrozar sus venas y que
le producían momentos de delirio. Las mujeres que la asistían perdían
la cabeza. El ama acudía de cuando en cuando, descorazonada. Todos
comenzaron a temer que aunque hubiera decidido dejarse hacer la
operación, el médico, que debía llegar a la mañana siguiente, llegaría
ya demasiado tarde. En los momentos en que no deliraba, se comprendía,
sin embargo, que su desconsuelo mayor y más terrible no lo causaban los
dolores del cuerpo, sino el pensamiento de su familia lejana. Moribunda,
descompuesta, con la fisonomía deshecha, metía sus manos por entre los
cabellos, con actitudes de desesperación que traspasaban el alma,
gritando:
-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos! ¡Morir sin volverlos a ver!
¡Mis pobres hijos, que se quedan sin madre; mis criaturas, mi pobre
sangre! ¡Mi Marcos, todavía tan pequeñito, así de alto, tan bueno y tan
cariñoso! ¡No saben qué muchacho era! Señora, ¡si usted supiese! No me
lo podía quitar de mi cuello cuando partí: sollozaba que daba compasión
oírlo; ¡pobrecillo!, parecía que sospechaba que no había de volver a ver
a su madre; ¡pobre Marcos, pobre niño mío! Creí que estallaba mi
corazón. ¡Ah, si me hubiese muerto en aquel mismo instante en que me
decía “adiós”! ¡Si hubiera entonces muerto atravesada por un rayo! ¡Sin
madre, pobre hijo, él, que me quería tanto, que tanto me necesitaba; sin
madre, en la miseria, tendrá que andar pidiendo limosna, él, Marcos, mi
Marcos, que extenderá su mano hambriento! ¡Oh, Dios eterno! ¡No! ¡No
quiero morir! ¡Un médico! ¡Llámenlo en seguida! ¡Que venga, que me
opere, que me haga enloquecer, pero que me salve la vida! ¡Quiero
curarme; quiero irme, huir, mañana, ahora mismo! ¡El médico! ¡Socorro!
¡Socorro!
Y las mujeres le sujetaban las manos, la calmaban, suplicantes;
procuraban hacerla volver en sí poco a poco, y le hablaban de Dios y de
esperanza. Y volvía a sumirse en un abatimiento mortal, lloraba con las
manos entre sus cabellos grises, gemía como una niña, lanzaba
prolongados gemidos y murmuraba:
-¡Oh, Marcos mío, mi pobre Marcos! ¡Dónde estará ahora la pobre criatura!
Eran las doce de la noche. Su pobre Marcos, después de haber pasado
muchas horas sobre la orilla de un foso, extenuado, caminaba entonces a
través de una vastísima floresta de árboles gigantescos, monstruos de
vegetación, con fustes desmesurados semejantes a pilastras de una
catedral, que a cierta altura maravillosa entrecruzaban sus enormes
cabelleras plateadas por la luna.
Vagamente, en aquella media oscuridad, veía miles de troncos de todas
formas, derechos, inclinados, retorcidos, cruzados, en actitudes
extrañas de amenaza y de lucha; algunos caídos en tierra, como torres
arruinadas de pronto; todo cubierto de una vegetación exuberante y
confusa que semejaba a furiosa multitud disputándose palmo a palmo el
terreno; otros formando grupos verticales y apretados, como si fueran
haces de lanzas gigantescas cuyas puntas se escondieran en las nubes:
una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el
espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le hubiese ofrecido
la naturaleza vegetal. Por momentos le sobrecogía gran estupor. Pero
pronto su alma volaba hacia su madre.
Estaba muerto de cansancio, con los pies sangrando, solo, en medio de
aquel imponente bosque, donde no veía más que, a grandes intervalos,
pequeñas viviendas humanas, que colocadas al pie de aquellos árboles
parecían nidos de hormigas; estaba agotado, pero no sentía el cansancio;
estaba solo y no tenía miedo. La grandeza del campo engrandecía su
alma; la cercanía de su madre le daba la fuerza y la decisión de un
hombre; el recuerdo del océano, de los abatimientos, de los dolores que
había experimentado y vencido, de las fatigas que había sufrido, de la
férrea voluntad que había desplegado, le hacían levantar la frente; toda
su fuerte y noble sangre genovesa refluía a su corazón en ardiente
oleada de altanería y audacia.
Y algo nuevo pasaba en él: hasta entonces había llevado en su mente
una imagen de su madre oscurecida y como un poco borrada por los años de
alejamiento, y ahora aquella imagen se aclaraba; tenía delante de sus
ojos el rostro entero y puro de su madre como hacía mucho tiempo no lo
había contemplado; la volvía a ver cercana, iluminada, como si estuviera
hablando; volvía a ver los movimientos más fugaces de sus ojos y de sus
labios, todas sus actitudes, sus gestos, las sombras de sus
pensamientos; y apenado por aquellos vivos recuerdos, apretaba el paso, y
un nuevo cariño, una ternura indecible, iba creciendo en su corazón, y
hacía correr por sus mejillas lágrimas tranquilas y dulces. Según iba
andando en medio de las tinieblas, le hablaba, le decía las palabras que
le hubiera dicho al oído dentro de poco:
-¡Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; no te dejaré jamás; juntos
volveremos a casa, estaré siempre a tu lado en el vapor, apretado contra
ti, y nadie me separará de ti nunca, nadie, jamás, mientras tengas
vida! Y no advertía entretanto que sobre la cima de los árboles
gigantescos iba poco a poco apagándose la argentina luz de la luna con
la blancura delicada del alba.
A las ocho de aquella mañana, el médico de Tucumán -un joven
argentino- estaba ya al lado de la cama de la enferma acompañado de un
practicante, intentando por última vez persuadirla para que se dejase
hacer la operación; a su vez, el ingeniero Mequínez volvía a repetir las
más calurosas instancias, lo mismo que su señora. Pero ¡todo era
inútil! La mujer, sintiéndose sin fuerza, ya no tenía fe en la
operación; estaba certísima o de morir en el acto, o de no sobrevivir
más que algunas horas, después de sufrir en vano dolores mucho más
atroces que los que debían matarla naturalmente. El médico tenía buen
cuidado de decirle una y otra vez:
-¡Pero si la operación es segura y su salvación es cierta, con tal de
que tenga algo de valor! Y, por otro lado, si se empeña en resistir, la
muerte es segura.
Eran palabras lanzadas al aire.
-No -respondía siempre con su débil voz-, todavía tengo valor para
morir, pero no lo tengo para sufrir inútilmente. Gracias, señor médico.
Así está dispuesto. Déjeme morir tranquila.
El médico, desanimado, desistió. Nadie pronunció una palabra más.
Entonces la mujer volvió el semblante hacia su ama, y le dijo, con voz
moribunda, sus postreras súplicas.
-Mi querida y buena señora -dijo con gran trabajo, sollozando-, usted
mandará los pocos pesos que tengo y todas mis cosas a mi familia… por
medio del señor cónsul. Yo supongo que todos viven. Mi corazón me lo
predice en estos últimos momentos. Me hará el favor de escribirles… que
siempre he pensado en ellos…, que he trabajado para ellos…, para mis
hijos…, y que mi único dolor es no volverlos a ver más…, pero que he
muerto con valor…, resignada…, bendiciéndolos; y que recomiendo a mi
marido… y a mi hijo mayor al más pequeño, a mi pobre Marcos, a quien he
tenido en mi corazón hasta el último momento.
Y poseída de gran exaltación repentina, gritó juntando las manos:
-¡Mi Marcos! ¡Mi pobre niño! ¡Mi vida!… -pero girando los ojos
anegados en llanto, vio que su ama no estaba ya a su lado: habían venido
a llamarla furtivamente. Buscó al señor, también había desaparecido. No
quedaban más que las dos enfermeras y el practicante. En la habitación
inmediata se oía el rumor de pasos presurosos, murmullo de voces
precipitadas y bajas, y de exclamaciones contenidas. La enferma fijó su
vista en la puerta en ademán de esperar. Al cabo de pocos minutos volvió
a presentarse el médico, con semblante extraño; luego su señora y el
amo, también con la fisonomía visiblemente alterada. Los tres se
quedaron mirando con singular expresión, y cambiaron entre sí algunas
palabras en voz baja. Le pareció oír que el médico decía a la señora:
-Es mejor en seguida.
La enferma no comprendía.
-Josefa -le dijo el ama con voz temblorosa-. Tengo que darte una noticia buena. Prepara tu corazón a recibir una buena noticia.
La mujer se quedó mirándola con fijeza.
-Una noticia -continuó la señora cada vez más agitada- que te dará mucha alegría.
La enferma abrió los ojos desmesuradamente.
-Prepárate -prosiguió su ama- a ver a una persona… a quien quieres mucho.
La mujer levantó la cabeza con ímpetu vigoroso, y empezó a mirar a la señora y a la puerta con ojos que despedían fulgores.
-Una persona -añadió su ama, palideciendo- que acaba de llegar… inesperadamente.
-¿Quién es? -gritó, con voz sofocada y angustiosa, como llena de espanto.
Un instante después lanzó un agudísimo grito, de un salto se sentó
sobre la cama, y permaneció inmóvil, con los ojos desencajados y con las
manos apretadas contra las sienes, como si se tratase de una aparición
sobrehumana.
Marcos, lacerado y cubierto de polvo, estaba de pie en el umbral, detenido por el doctor, que lo sujetaba por un brazo.
La mujer prorrumpió por tres veces:
-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!
Marcos se lanzó hacia su madre, que extendía sus brazos descarnados,
apretándole contra su seno como un tigre, rompiendo a reír violentamente
y mezclándose a su risa profundos sollozos sin lágrimas, que la
hicieron caer rendida y sofocada sobre las almohadas.
Pronto se rehízo, sin embargo, gritando como una loca, llena de alegría, y besando a su hijo:
-¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Eres tú? ¡Cómo has crecido! ¿Quién te
ha traído? ¿Estás solo? ¿No estás enfermo? ¡Eres tú, Marcos! ¡No es esto
un sueño! ¡Dios mío! ¡Háblame!
Luego, cambiando de tono repentinamente:
-¡No! ¡Calla! ¡Espera! -y volviéndose hacia el médico-: Pronto, en
seguida doctor. Quiero curarme. Estoy dispuesta. No pierda un momento.
Llévense a Marcos para que no sufra. ¡Marcos mío, no es nada! Ya me
contarás todo. ¡Dame otro beso! ¡Vete! Heme aquí, doctor.
Sacaron a Marcos de la habitación. Los amos y criados salieron en
seguida, quedando sólo con la enferma el cirujano y el ayudante, que
cerraron la puerta.
El señor Mequínez intentó llevarse a Marcos a una habitación lejana:
fue imposible; parecía que lo habían clavado en el pavimento.
-¿Qué es? -preguntó-. ¿Qué tiene mi madre? ¿Que le están haciendo?
Entonces Mequínez, bajito e intentando siempre llevárselo de allí:
-Mira; oye; ahora te diré; tu madre está enferma; es preciso hacerle una sencilla operación; te lo explicaré todo; ven conmigo.
-No -respondió el muchacho-, quiero estar aquí. Explíquemelo aquí.
El ingeniero amontonaba palabras y más palabras, y tiraba de él para
sacarlo de la habitación; el muchacho comenzaba a espantarse, temblando
de terror.
Un grito agudísimo, como el de un herido de muerte, resonó de repente por toda la casa.
El niño respondió con otro grito horrible y desesperado:
-¡Mi madre ha muerto!
El médico se presentó en la puerta y dijo:
-Tu madre se ha salvado.
El muchacho lo miró un momento, arrojándose luego a sus pies, sollozando:
-Gracias, doctor.
Pero el médico lo hizo levantar, diciéndole:
-¡Levántate!… ¡Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!
FIN
El pequeño escribiente florentino
Tenía doce años y cursaba la cuarta elemental. Era un simpático
niño florentino de cabellos rubios y tez blanca, hijo mayor de cierto
empleado de ferrocarriles quien, teniendo una familia numerosa y un
escaso sueldo, vivía con suma estrechez. Su padre lo quería mucho, y era
bueno e indulgente con él; indulgente en todo menos en lo que se
refería a la escuela: en esto era muy exigente y se revestía de bastante
severidad, porque el hijo debía estar pronto dispuesto a obtener otro
empleo para ayudar a sostener a la familia; y para ello necesitaba
trabajar mucho en poco tiempo.
Así, aunque el muchacho era aplicado, el padre lo exhortaba siempre a
estudiar. Era éste ya de avanzada edad y el exceso de trabajo lo había
también envejecido prematuramente. En efecto, para proveer a las
necesidades de la familia, además del mucho trabajo que tenía en su
empleo, se buscaba a la vez, aquí y allá, trabajos extraordinarios de
copista. Pasaba, entonces, sin descansar, ante su mesa, buena parte de
la noche. Últimamente, cierta casa editorial que publicaba libros y
periódicos le había hecho el encargo de escribir en las fajas el nombre y
la dirección de los suscriptores. Ganaba tres florines por cada
quinientas de aquellas tirillas de papel, escritas en caracteres grandes
y regulares. Pero esta tarea lo cansaba, y se lamentaba de ello a
menudo con la familia a la hora de comer.
-Estoy perdiendo la vista -decía-; esta ocupación de noche acaba conmigo.
El hijo le dijo un día:
-Papá, déjame trabajar en tu lugar; tú sabes que escribo regular, tanto como tú.
Pero el padre le respondió:
-No, hijo, no; tú debes estudiar; tu escuela es mucho más importante
que mis fajas: tendría remordimiento si te privara del estudio una hora;
lo agradezco; pero no quiero, y no me hables más de ello.
El hijo sabía que con su padre era inútil insistir en aquellas
materias, y no insistió. Pero he aquí lo que hizo. Sabía que a las doce
en punto dejaba su padre de escribir y salía del despacho para dirigirse
a la alcoba. Alguna vez lo había oído: en cuanto el reloj daba las
doce, sentía inmediatamente el rumor de la silla que se movía y el lento
paso de su padre. Una noche esperó a que estuviese ya en cama; se
vistió sin hacer ruido, anduvo a tientas por el cuarto, encendió el
quinqué de petróleo, y se sentó en la mesa de despacho, donde había un
montón de fajas blancas y la indicación de las direcciones de los
suscriptores.
Empezó a escribir, imitando todo lo que pudo la letra de su padre. Y
escribía contento, con gusto, aunque con miedo; las fajas escritas
aumentaban, y de vez en cuando dejaba la pluma para frotarse las manos;
después continuaba con más alegría, atento el oído y sonriente. Escribió
ciento sesenta: ¡cerca de un florín! Entonces se detuvo: dejó la pluma
donde estaba, apagó la luz y se volvió a la cama de puntillas.
Aquel día, a las doce, el padre se sentó a
la mesa de buen humor. No había advertido nada. Hacía aquel trabajo
mecánicamente, contando las horas y pensando en otra cosa. No sacaba la
cuenta de las fajas escritas hasta el día siguiente. Sentado a la mesa
con buen humor, y poniendo la mano en el hombro del hijo:
-¡Eh, Julio -le dijo-, mira qué buen trabajador es tu padre! En dos
horas he trabajado anoche un tercio más de lo que acostumbro. La mano
aún está ágil, y los ojos cumplen todavía con su deber.
Julio, contento, mudo, decía para sí: “¡Pobre padre! Además de la
ganancia, le he proporcionado también esta satisfacción: la de creerse
rejuvenecido. ¡Ánimo, pues!”
Alentado con el éxito, la noche siguiente, en cuanto dieron las doce,
se levantó otra vez y se puso a trabajar. Y lo mismo siguió haciendo
varias noches. Su padre seguía también sin advertir nada. Sólo una vez,
cenando, observó de pronto:
-¡Es raro: cuánto petróleo se gasta en esta casa de algún tiempo a esta parte!
Julio se estremeció; pero la conversación no pasó de allí, y el trabajo nocturno siguió adelante.
Lo que ocurrió fue que, interrumpiendo así su sueño todas las noches,
Julio no descansaba bastante; por la mañana se levantaba rendido aún, y
por la noche al estudiar, le costaba trabajo tener los ojos abiertos.
Una noche, por primera vez en su vida, se quedó dormido sobre los
apuntes.
-¡Vamos, vamos! -le gritó su padre dando una palmada-. ¡Al trabajo!
Se asustó y volvió a ponerse a estudiar. Pero la noche y los días
siguientes continuaba igual, y aún peor: daba cabezadas sobre los
libros, se despertaba más tarde de lo acostumbrado; estudiaba las
lecciones con desgano, y parecía que le disgustaba el estudio. Su padre
empezó a observarlo, después se preocupó de ello y, al fin, tuvo que
reprenderlo. Nunca lo había tenido que hacer por esta causa.
-Julio -le dijo una mañana-; tú te descuidas mucho; ya no eres el de
otras veces. No quiero esto. Todas las esperanzas de la familia se
cifraban en ti. Estoy muy descontento. ¿Comprendes?
A este único regaño, el verdaderamente severo que había recibido, el muchacho se turbó.
-Sí, cierto -murmuró entre dientes-; así no se puede continuar; es menester que el engaño concluya.
Pero por la noche de aquel mismo día, durante la comida, su padre exclamó con alegría:
-¡Este mes he ganado en las fajas treinta y dos florines más que el mes pasado!
Y diciendo esto, sacó a la mesa un puñado de dulces que había
comprado, para celebrar con sus hijos la ganancia extraordinaria que
todos acogieron con júbilo.
Entonces Julio cobró ánimo y pensó para sí:
“¡No, pobre padre; no cesaré de engañarte; haré mayores esfuerzos
para estudiar mucho de día; pero continuaré trabajando de noche para ti y
para todos los demás!”
Y añadió el padre:
-¡Treinta y dos florines!… Estoy contento… Pero hay otra cosa -y señaló a Julio- que me disgusta.
Y Julio recibió la reconvención en silencio, conteniendo dos lágrimas
que querían salir, pero sintiendo al mismo tiempo en el corazón cierta
dulzura. Y siguió trabajando con ahínco; pero acumulándose un trabajo a
otro, le era cada vez más difícil resistir. La situación se prolongó así
por dos meses. El padre continuaba reprendiendo al muchacho y mirándolo
cada vez más enojado. Un día fue a preguntar por él al maestro, y éste
le dijo:
-Sí, cumple, porque tiene buena inteligencia; pero no está tan
aplicado como antes. Se duerme, bosteza, está distraído; hace sus
apuntes cortos, de prisa, con mala letra. Él podría hacer más, pero
mucho más.
Aquella noche el padre llamó al hijo aparte y le hizo reconvenciones más severas que las que hasta entonces le había hecho.
-Julio, tú ves que yo trabajo, que yo gasto mucho mi vida por la
familia. Tú no me secundas, tú no tienes lástima de mí, ni de tus
hermanos, ni aún de tu madre.
-¡Ah, no, no diga usted eso, padre mío! -gritó el hijo ahogado en llanto, y abrió la boca para confesarlo todo.
Pero su padre lo interrumpió diciendo:
-Tú conoces las condiciones de la familia: sabes que hay necesidad de
hacer mucho, de sacrificarnos todos. Yo mismo debía doblar mi trabajo.
Yo contaba estos meses últimos con una gratificación de cien florines en
el ferrocarril, y he sabido esta mañana que ya no la tendré.
Ante esta noticia, Julio retuvo en seguida la confesión que estaba
por escaparse de sus labios, y se dijo resueltamente: “No, padre mío, no
te diré nada; guardaré el secreto para poder trabajar por ti; del dolor
que te causo te compenso de este modo: en la escuela estudiaré siempre
lo bastante para salir del paso: lo que importa es ayudar para ganar la
vida y aligerarte de la ocupación que te mata”.
Siguió adelante, transcurrieron otros dos meses de tarea nocturna y
de pereza de día, de esfuerzos desesperados del hijo y de amargas
reflexiones del padre. Pero lo peor era que éste se iba enfriando poco a
poco con el niño, y no le hablaba sino raras veces, como si fuera un
hijo desnaturalizado, del que nada hubiese que esperar, y casi huía de
encontrar su mirada. Julio lo advertía, sufría en silencio, y cuando su
padre volvía la espalda, le mandaba un beso furtivamente, volviendo la
cara con sentimiento de ternura compasiva y triste; mientras tanto el
dolor y la fatiga lo demacraban y le hacían perder el color, obligándolo
a descuidarse cada vez más en sus estudios.
Comprendía perfectamente que todo concluiría en un momento, la noche
que dijera: “Hoy no me levanto”; pero al dar las doce, en el instante en
que debía confirmar enérgicamente su propósito, sentía remordimiento;
le parecía que, quedándose en la cama, faltaba a su deber, que robaba un
florín a su padre y a su familia; y se levantaba pensando que cualquier
noche que su padre se despertara y lo sorprendiera, o que por
casualidad se enterara contando las fajas dos veces, entonces terminaría
naturalmente todo, sin un acto de su voluntad, para lo cual no se
sentía con ánimos. Y así continuó la misma situación.
Pero una tarde, durante la comida, el padre pronunció una palabra que
fue decisiva para él. Su madre lo miró, y pareciéndole que estaba más
echado a perder y más pálido que de costumbre, le dijo:
-Julio, tú estás enfermo. -Y después, volviéndose con ansiedad al
padre-: Julio está enfermo, ¡mira qué pálido está!… ¡Julio mío! ¿Qué
tienes?
El padre lo miró de reojo y dijo:
-La mala conciencia hace que tenga mala salud. No estaba así cuando era estudiante aplicado e hijo cariñoso.
-¡Pero está enfermo! -exclamó la mamá.
-¡Ya no me importa! -respondió el padre.
Aquella palabra le hizo el efecto de una puñalada en el corazón al
pobre muchacho. ¡Ah! Ya no le importaba su salud a su padre, que en otro
tiempo temblaba de oírlo toser solamente. Ya no lo quería, pues; había
muerto en el corazón de su padre.
“¡Ah, no, padre mío! -dijo entre sí con el corazón angustiado-; ahora
acabo esto de veras; no puedo vivir sin tu cariño, lo quiero todo; todo
te lo diré, no te engañaré más y estudiaré como antes, suceda lo que
suceda, para que tú vuelvas a quererme, padre mío. ¡Oh, estoy decidido
en mi resolución!”
Aquella noche se levantó todavía, más bien por fuerza de la costumbre
que por otra causa; y cuando se levantó quiso volver a ver por algunos
minutos, en el silencio de la noche, por última vez, aquel cuarto donde
había trabajado tanto secretamente, con el corazón lleno de satisfacción
y de ternura.
Sin embargo, cuando se volvió a encontrar en la mesa, con la luz
encendida, y vio aquellas fajas blancas sobre las cuales no iba ya a
escribir más, aquellos nombres de ciudades y de personas que se sabía de
memoria, le entró una gran tristeza e involuntariamente cogió la pluma
para reanudar el trabajo acostumbrado. Pero al extender la mano, tocó un
libro y éste se cayó. Se quedó helado.
Si su padre se despertaba… Cierto que no lo habría sorprendido
cometiendo ninguna mala acción y que él mismo había decidido contárselo
todo; sin embargo… el oír acercarse aquellos pasos en la oscuridad, el
ser sorprendido a aquella hora, con aquel silencio; el que su madre se
hubiese despertado y asustado; el pensar que por lo pronto su padre
hubiera experimentado una humillación en su presencia descubriéndolo
todo…, todo esto casi lo aterraba.
Aguzó el oído, suspendiendo la respiración… No oyó nada. Escuchó por
la cerradura de la puerta que tenía detrás: nada. Toda la casa dormía.
Su padre no había oído. Se tranquilizó y volvió a escribir.
Las fajas se amontonaban unas sobre otras. Oyó el paso cadencioso de
la guardia municipal en la desierta calle; luego ruido de carruajes que
cesó al cabo de un rato; después, pasado algún tiempo, el rumor de una
fila de carros que pasaron lentamente; más tarde silencio profundo,
interrumpido de vez en cuando por el ladrido de algún perro. Y siguió
escribiendo.
Entretanto su padre estaba detrás de él: se había levantado cuando se
cayó el libro, y esperó buen rato; el ruido de los carros había
cubierto el rumor de sus pasos y el ligero chirrido de las hojas de la
puerta; y estaba allí, con su blanca cabeza sobre la negra cabecita de
Julio. Había visto correr la pluma sobre las fajas y, en un momento, lo
había recordado y comprendido todo. Un arrepentimiento desesperado, una
ternura inmensa invadió su alma. De pronto, en un impulso, le tomó la
cara entre las manos y Julio lanzó un grito de espanto. Después, al ver a
su padre, se echó a llorar y le pidió perdón.
-Hijo querido, tú debes perdonarme -replicó el padre-. Ahora lo comprendo todo. Ven a ver a tu madre.
Y lo llevó casi a la fuerza junto al lecho y allí mismo pidió a su
mujer que besara al niño. Después lo tomó en sus brazos y lo llevó hasta
la cama, quedándose junto a él hasta que se durmió. Después de tantos
meses, Julio tuvo un sueño tranquilo. Cuando el sol entró por la ventana
y el niño despertó, vio apoyada en el borde de la cama la cabeza gris
de su padre, quien había dormido allí toda la noche, junto a su hijo
querido.
FIN
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